lunes 6 de abril de 2009

DG-44


DG-44 plegó el brazo mediante dos movimientos precisos y tocó con sus dedos el chip recién instalado en un último intento por hacerlo funcional. DG-40, el primero de la serie a la que él pertenecía, había sido desechado por no alcanzar los estándares de calidad requeridos. Tres intentos después, la situación parecía repetirse.

Lo peor de todo, era que DG-44 había logrado despertar suficiente interés en la galaxia y ya se decía que los gobiernos de Alcyone y Merope deseaban llegar a un acuerdo para producir el androide en cuanto se probara su eficacia. Tal era la urgencia de reemplazar los modelos DG-20 y DG-30 disponibles en el mercado, cuya falta de personalidad y su programación arcaica, los había vuelto obsoletos.

Lo que nadie sabía era que DG-44 estaba harto de las pruebas motoras, de los escaneos y las programaciones exhaustivas a las que era sometido. Bajo su fría caparazón de antimonio, la rebeldía iba tomando forma. Por eso cuando escuchó al líder del proyecto decir que abortarían el actual diseño debido a un error de programación, prefirió terminar las cosas por sí mismo.

De no hacerlo, acabaría como un bloque de chatarra comprimida en algún botadero a las afueras de la galaxia. No estaba dispuesto a pasar por eso.

Decidido, oprimió la tapa del compartimiento que albergaba el chip y lo sacó. En su lugar colocó uno antiguo, encontrado una semana antes entre un montón de desperdicios del tiradero donde realizó su última prueba de esfuerzo. Había verificado la información que guardaba y su contenido lo dejó asombrado. Era una secuencia de sonidos que nunca había escuchado y que lo sumieron en un embeleso que duró varias horas.

De pie frente a la ventanilla de la cápsula, hizo un zoom a través de su lente y echó un vistazo a la luminosidad que rodeaba el lugar donde lo habían creado. Tomó la manija de la escotilla y la giró. Luego, caminó con decisión por el túnel de salida y cuando el campo gravitacional se fue degradando, sintió cómo se liberaba de su propio peso y era arrastrado por una ola invisible hacia la luz exterior.

Activó su sistema de sonido y del chip recién instalado comenzaron a fluir sonidos ancestrales de algo que bien pudo haber sido el concierto para dos violines en Re menor de Sebastián Bach.DG-44 se fue flotando lentamente, arrastrado por el mar de microespejos que forman Las Pléyades y cuando pasó cerca de Merope, agitó una mano en señal de despedida, sintiendo bajo su caparazón de antimonio algo muy parecido a la alegría.

viernes 3 de abril de 2009

Ave negra



De vez en vez siento ganas de escribir. Entonces abro la cortina y ahí está. El muy maldito se cree capaz de dominarme transfiriéndome sus deseos. Al principio graznaba y picoteaba en la ventana, intentando despertar lástima por su condición de animalejo a la deriva. Luego, ofreció dejar las cosas como estaban, siempre y cuando yo aceptara escribir sus estúpidos relatos.

La culpa es suya, primero por alimentarme y luego, por creer que respetaría el acuerdo. Ahora que vivo en un sitio seguro, seco y abrigado, no pienso volver a lo de antes. El día que se metió en mi cuerpo y yo en el suyo, firmó su sentencia de muerte. Se lo debe a ese deseo malsano de querer volar. Como ya me ha fastidiado suficiente, hace tres días dejé de alimentarlo. Como dice el refrán: “Cría cuervos...”

viernes 27 de marzo de 2009

La creación II





Ensimismado, clavó la vista en la ráfaga luminosa que no dejaba de expandirse. Entre el montón de esferas que flotaban, una sola era la que le quitaba el sueño. Azulosa, ligeramente achatada, la Tierra giraba con la vitalidad de siempre, ajena a la tragedia que sobre ella se cernía. Las cordilleras herrumbrosas surcaban la superficie y un nubarrón plomizo se mezclaba con el aroma inconfundible de la muerte.
- ¿Qué voy a hacer contigo?- dijo él, sin esperar realmente que alguien le diera una respuesta.
Decidido, aspiró una bocanada de viento, reuniendo en su boca fórmulas y hechizos y los masticó para dar forma a un conjuro que en el fondo –como siempre- le mordería el corazón apenas pronunciarlo:
- ¡Deshágase la luz! – dijo, con esa voz añosa como de roble que se quiebra.
Y en un microsegundo, la luz se deshizo. Los pocos sobrevivientes que reptaban sobre el planeta resguardados en sus tanques de guerra, supieron que algo raro sucedía. En medio de la espesa nata de humo, las hebras finísimas de sol se desvanecieron.
En algún lugar donde el reloj marcaba las 6.45 a.m., se detuvo la producción de armamento en cuanto se supo que el sol se había apagado. No sin miedo, las personas salieron de sus escondites para ver aquel prodigio. En el país del sol naciente, sobre la cabeza del monte Fuji sólo se veía el sombrero negro de la noche.
En todas partes del mundo, las transmisiones radiofónicas cedieron los espacios noticiosos a pastores, rabinos y sacerdotes que, conminando al arrpentimiento, leían en vano salmos con voces temblorosas. Aquello era apenas el comienzo.
- Desháganse los mares- dijo luego la voz como de trueno y en menos de un segundo, dos acorazados bielorrusos y tres buques alemanes quedaron varados en el fondo del mar del Norte, en medio de un alud de moluscos y peces sin ojos que boqueaban semienterrados en la arena.
En medio de la oscuridad, lo que alguna vez fuera el sistema solar fue evaporándose. Lo que él había hecho en siete días, lo desbarató en sólo uno y pronto todo quedó reducido a una masa de gases informes y partículas disgregadas en un pozo de nada y silencio. Al ver que –una vez más- su ensayo de un universo perfecto acababa en desastre, echó un último vistazo a la nube de polvo fluorescente que dejaba tras de sí y se marchó, resuelto a dejar que otro dios más tolerante intentara hacer el milagro.

miércoles 4 de marzo de 2009

Los asegunes de la paternidad


Teodoro abrió los ojos y se quedó tendido en el catre. Había pasado la noche en duermevela, sin caer en el sueño reparador que necesitaba y como de costumbre, estaba más cansado que la noche anterior.
- ¿Tampoco anoche durmió, Teo? – pregunta Simón apenas entra y lo mira.
- Tampoco. Estoy maldito, Simón. Lo peor es que no logro recordar qué fue lo que no me dejó dormir anoche – y diciendo esto, se dejó caer nuevamente en el catre.
Cada mañana era lo mismo: Simón recomendando remedios, Teodoro maldiciendo... aquello se había convertido en un ritual cotidiano.
- ¿Qué es ese ruido? – dijo Teo, aguzando el oído.
- ¿Qué? ¿Qué cosa? – preguntó Simón.
- Ese ruido, espera... espera, que son como caballos – dijo sorprendido – sí, son caballos, Simón. Caballos galopando bajo la almohada. Claro, por eso no pude dormir – aseguró, ante la mirada atónita de su viejo amigo.
- A ver – contestó, acercando la oreja a la almohada para escuchar.
- ¿Oyes? taca taca taca taca ¿los oyes? son al menos cincuenta – aseguró Teo, que había calculado la cantidad de caballos dividiendo entre cuatro la cantidad de patas.
- Teodoro, no creo que sean tantos. En todo caso, ¿no será que la almohada está descompuesta? El otro día, yo escuché a Edith Piaf cantando La vie en rose y nada, resultó que la almohada se había roto – explicó el anciano.
Y Teodoro, presto como siempre a comprobar teorías, destripó con agilidad la almohada. De más está decir que no encontró ningún caballo y mucho menos a Edith Piaf.
- O podría ser que tengas algo en los oídos. Déjame revisarte.
- ¿Qué ves, Simón? – preguntó Teo, que tenía un genuino interés en conocerse por dentro.
- Algo hay – dijo, y comenzó a golpear la cabeza de Teo como si fuera un salero cuyo contenido se ha pegado.
Tras unos cuantos porrazos, cayeron sobre la mesita de noche cuatro cucarachas diminutas. Teo y Simón las miraron, incrédulos.
- Teo, estoy conmovido – dijo Simón, enjugándose unas lágrimas.
- Yo también, Simón – contestó el anciano, acercándole al amigo una caja de kleenex.
- Quiero que sepas que ha sido un honor asistirte en el parto. Eres padre de cuatro hermosas crías. Míralas. Tan pequeñas, tan desvalidas. Es una gran responsabilidad, sobre todo en estos tiempos – dijo Simón en tono solemne.
- Lo sé, hermano. No estaba en mis planes, pero me esforzaré. Los hijos lo merecen todo – respondió en el mismo tono el flamante padre, azorado por el compromiso recién adquirido.
Y ese día se les fue en preparar cuatro pequeñas camitas con cuatro pequeñas sabanitas y en cuidar a las crías que, deseosas de conocer el mundo, hacían su mejor esfuerzo por escapar de sus diminutas prisiones.
Aquella noche, el cansancio venció a Teo y sin darse cuenta, se quedó profundamente dormido. Al llegar la mañana, miró la mesita de noche, donde se encontraban las cuatro camitas. Pensó que aquello era imposible. El descanso le había aclarado la mente y ahora sabía con toda seguridad que aquellas cucarachas no podían ser sus hijas.
- Simón, psst, Simón... despierta – dijo, zangoloteando al amigo, que roncaba a sus anchas.
- ¿Qué? ¿Qué pasa? – preguntó el anciano, entre molesto y sorprendido.
- Que logré dormir, Simón. Dormí y eso me aclaró la mente y he llegado a la conclusión de que esas cucarachas no pueden ser mis hijas – dijo Teo.
- ¿Cómo estás tan seguro? – preguntó Simón.
Y con la expresión digna de cualquier cornudo que se sacude de encima el milagro recién colgado, dijo:
- No pueden ser mis hijas porque yo me hice la vasectomía cuando cumplí cuarenta.

jueves 29 de enero de 2009

El ahogado del río River

- A Rafael Rico Ponce.

Rafael Rico se levantó aquella mañana con el presentimiento de que su hora llegaría pronto. En los últimos días, había tenido más palpitaciones que de costumbre y los calambres se habían vuelto residentes permanentes en sus corvas. Dio unos sorbos al café preparado por su esposa, tomó una pieza de pan y se encaminó por el callejón. Hacía frío, pero su caminata no la cancelaba ninguna novedad meteorológica y menos aún su visita diaria al río River.
Mientras mascullaba su pieza de pan, pensó en que aquella mañana el río estaba peculiarmente apacible. Desde que lo imaginó, había cambiado varias veces de color. Primero era turquesa, del color de los mares del caribe. Luego, fue tornándose más y más azul, hasta alcanzar una tonalidad índigo. Otras veces, sin que Rafael se lo propusiera, el río River subía de nivel, hasta casi desbordarse. En otra ocasión, bajó de nivel en otoño, pese a las constantes lluvias.
Pero todo esto a Rafael no le importaba, mientras el río siguiera ahí, dispuesto a recibirlo en su quietud el día en que su cuerpo se convirtiera en cenizas. Pensar en eso lo tranquilizaba, paliaba la ansiedad que le provocaba pensar en volverse un descarnado.
Sus ojos se posaron sobre el espejo del río, descansados. Así permanecieron hasta que algo comenzó a emerger del fondo. Era algo similar a un costal. No, era más bien un tronco... un pedazo de madera. Sí, era algo sólido. Rafael se acercó y clavó su mirada sobre el objeto que poco a poco comenzó a tomar forma. Definitivamente, aquello era un cuerpo.
La sorpresa, el enojo y la decepción se enredaron en su interior hasta formar una madeja que le dificultó la respiración.
- ¡Con un carajo! – gritó finalmente, rojo de ira.
Había imaginado el río River para él, le pertenecía. Era el sitio que había elegido para cobijarlo por última vez y ese ahogado se lo había robado. Se sentía ultrajado, despojado de su más preciada posesión. Dejó escapar un suspiro lleno de frustración, engulló el último trozo de pan que le quedaba, se dio la media vuelta y de regreso a casa, comenzó a darle forma a una montaña altísima, cuyo pico se perdía en el espeso enjambre de nubes.

miércoles 28 de enero de 2009

Revolución

Juan Paredes -indio tarahumara- lustra afanosamente las botas del general, que fuma en silencio. Una tensión oscura flota en la habitación. El pueblo es un enjambre de rumores. Los federales lo saben: en sus filas tienen un espía. El indio alza la vista para indicar al jefe que el trabajo está hecho.
El general lo mira, y sus ojos son dos tizones encendidos por un odio milenario. Juan lo sabe: el paredón que se alista es para él, como hace siglos se alistó una hoguera, hace cien años una soga y hace doscientos una guillotina. Sale del cuarto despacio, se enfila hacia el paredón con calma, sabiendo que en este siglo, tampoco llegará a cumplir treinta.

jueves 22 de enero de 2009

Un aplauso para Obama

No por su excelente habilidad discursiva, no porque sea el primer hombre de color (¿los demás eran transparentes?) en llegar a la Casa Blanca, no porque se llame Hussein y ahora ocupe la oficina oval... hoy quiero dar un aplauso -de pie- al flamante presidente de los U.S.A. porque, habiendo sido una de sus promesas de campaña, ha decretado el cierre de la prisión de Guantánamo, en Cuba.

Considero que es un buen comienzo. De ahí, debería seguir con el inmediato retiro de la base militar gringa en aquella región de la isla y de pasadita, el levantamiento de al menos un 20% del bloqueo económico, como señal de buena voluntad para con el pueblo de Cuba, al que ya se ha perjudicado bastante con esta absurda estrategia política.

Sin embargo, quiero dejar algo en claro: con este aplauso no me uno a las filas de los "obamitas", "obamianos" o "obamaniacos". El tipo tiene mucho carisma, ha propuesto un proyecto inteligente, pero al fin y al cabo ¡es un político! podría suceder cualquier cosa. No hay que verlo como una figura mesiánica, sino como lo que es, un político que se propone reformar un sistema podrido y que seguramente tendrá que lidiar con muchos adversarios dentro de su propio bando.

Esperemos que se gane otra tanda de aplausos.