Creo que cambiaré mi percepción sobre las publicaciones electrónicas. Hasta hace poco pensaba que publicar libros a la manera tradicional era la única y verdadera onda. Ahora creo que la gente pasa tanto tiempo en los distintos espacios que ofrece la red, que publicar textos en un blog o revista electrónica puede ser una mejor manera de que alguien te lea.
Pertenecer a una comunidad de escritores (todavía me pregunto si soy escritora o si simplemente, produzco textos) que en el corto plazo son lectores unos de otros, ha resultado una experiencia genial para mi. Agradezco infinitamente la oportunidad de leerlos y de que me lean.
Hoy se agregaron dos de mis textos en QI y BNTB, blogs administrados por Sergio Gaut (Argentina) y me encantaría que mis tres lectores se den la vueltecita por allá y me dejen algún comentaro.
http://brevesnotanbreves.blogspot.com/
http://quimicamenteimpuro.blogspot.com/
Si no van, igual les comparto un texto que aún no se publica allá.
Lengua muerta
Pertenecer a una comunidad de escritores (todavía me pregunto si soy escritora o si simplemente, produzco textos) que en el corto plazo son lectores unos de otros, ha resultado una experiencia genial para mi. Agradezco infinitamente la oportunidad de leerlos y de que me lean.
Hoy se agregaron dos de mis textos en QI y BNTB, blogs administrados por Sergio Gaut (Argentina) y me encantaría que mis tres lectores se den la vueltecita por allá y me dejen algún comentaro.
http://brevesnotanbreves.blogspot.com/
http://quimicamenteimpuro.blogspot.com/
Si no van, igual les comparto un texto que aún no se publica allá.
Lengua muerta
A Kukanu le enseñaron cuando era niña que los bebés dejaban de serlo sólo cuando el espíritu de Ahuikiné entraba en sus cuerpecitos y, haciéndoles cosquillas bajo la lengua, los hacía hablar. Ahuikiné era el amo de las palabras de los ahuakunos, su tribu, así como Tehuamó era el amo de la lengua Toharu, hablada la tribu que habitaba más allá de la colina. Cada pueblo tenía un amo, un patrón de las palabras y eran ellos quienes animaban la lengua de los hombres.
Kukano era feliz, pese a que estaba completamente sola. Gran parte de su familia había muerto en una epidemia de tifo, cuando ella era aún muy joven. Años después, algunos miembros de la tribu se fueron más allá de la sierra, huyendo del hambre. Sus parientes los siguieron al poco tiempo, pero ella permaneció ahí, al lado del hombre que la había tomado por esposa y que murió dejándola sin descendencia apenas cumplió los treinta.
Ahora sus ancestros la llamaban y no había en su pequeña choza nadie que dijera las palabras que acompañan a los ahuakunos en su viaje final desde el principio de los tiempos. Kukanu rompió el silencio, pidiendo que se abriera la puerta de la casa donde habita del gran espíritu. “Ehumi noxté kamomi”, susurró con humildad la anciana.
Al otro lado, Ahuikiné respondió: “Akunu mohá xibahó”, que quiere decir “toma posesión de tu casa”. Kukanu espiró. La antropóloga que presenciaba la partida de la mujer apagó su grabadora. Acto seguido, oprimió rewind y escuchó la última conversación hablada en ahuakuno.
