
Ensimismado, clavó la vista en la ráfaga luminosa que no dejaba de expandirse. Entre el montón de esferas que flotaban, una sola era la que le quitaba el sueño. Azulosa, ligeramente achatada, la Tierra giraba con la vitalidad de siempre, ajena a la tragedia que sobre ella se cernía. Las cordilleras herrumbrosas surcaban la superficie y un nubarrón plomizo se mezclaba con el aroma inconfundible de la muerte.
- ¿Qué voy a hacer contigo?- dijo él, sin esperar realmente que alguien le diera una respuesta.
Decidido, aspiró una bocanada de viento, reuniendo en su boca fórmulas y hechizos y los masticó para dar forma a un conjuro que en el fondo –como siempre- le mordería el corazón apenas pronunciarlo:
- ¡Deshágase la luz! – dijo, con esa voz añosa como de roble que se quiebra.
Y en un microsegundo, la luz se deshizo. Los pocos sobrevivientes que reptaban sobre el planeta resguardados en sus tanques de guerra, supieron que algo raro sucedía. En medio de la espesa nata de humo, las hebras finísimas de sol se desvanecieron.
En algún lugar donde el reloj marcaba las 6.45 a.m., se detuvo la producción de armamento en cuanto se supo que el sol se había apagado. No sin miedo, las personas salieron de sus escondites para ver aquel prodigio. En el país del sol naciente, sobre la cabeza del monte Fuji sólo se veía el sombrero negro de la noche.
En todas partes del mundo, las transmisiones radiofónicas cedieron los espacios noticiosos a pastores, rabinos y sacerdotes que, conminando al arrpentimiento, leían en vano salmos con voces temblorosas. Aquello era apenas el comienzo.
- Desháganse los mares- dijo luego la voz como de trueno y en menos de un segundo, dos acorazados bielorrusos y tres buques alemanes quedaron varados en el fondo del mar del Norte, en medio de un alud de moluscos y peces sin ojos que boqueaban semienterrados en la arena.
En medio de la oscuridad, lo que alguna vez fuera el sistema solar fue evaporándose. Lo que él había hecho en siete días, lo desbarató en sólo uno y pronto todo quedó reducido a una masa de gases informes y partículas disgregadas en un pozo de nada y silencio. Al ver que –una vez más- su ensayo de un universo perfecto acababa en desastre, echó un último vistazo a la nube de polvo fluorescente que dejaba tras de sí y se marchó, resuelto a dejar que otro dios más tolerante intentara hacer el milagro.
- ¿Qué voy a hacer contigo?- dijo él, sin esperar realmente que alguien le diera una respuesta.
Decidido, aspiró una bocanada de viento, reuniendo en su boca fórmulas y hechizos y los masticó para dar forma a un conjuro que en el fondo –como siempre- le mordería el corazón apenas pronunciarlo:
- ¡Deshágase la luz! – dijo, con esa voz añosa como de roble que se quiebra.
Y en un microsegundo, la luz se deshizo. Los pocos sobrevivientes que reptaban sobre el planeta resguardados en sus tanques de guerra, supieron que algo raro sucedía. En medio de la espesa nata de humo, las hebras finísimas de sol se desvanecieron.
En algún lugar donde el reloj marcaba las 6.45 a.m., se detuvo la producción de armamento en cuanto se supo que el sol se había apagado. No sin miedo, las personas salieron de sus escondites para ver aquel prodigio. En el país del sol naciente, sobre la cabeza del monte Fuji sólo se veía el sombrero negro de la noche.
En todas partes del mundo, las transmisiones radiofónicas cedieron los espacios noticiosos a pastores, rabinos y sacerdotes que, conminando al arrpentimiento, leían en vano salmos con voces temblorosas. Aquello era apenas el comienzo.
- Desháganse los mares- dijo luego la voz como de trueno y en menos de un segundo, dos acorazados bielorrusos y tres buques alemanes quedaron varados en el fondo del mar del Norte, en medio de un alud de moluscos y peces sin ojos que boqueaban semienterrados en la arena.
En medio de la oscuridad, lo que alguna vez fuera el sistema solar fue evaporándose. Lo que él había hecho en siete días, lo desbarató en sólo uno y pronto todo quedó reducido a una masa de gases informes y partículas disgregadas en un pozo de nada y silencio. Al ver que –una vez más- su ensayo de un universo perfecto acababa en desastre, echó un último vistazo a la nube de polvo fluorescente que dejaba tras de sí y se marchó, resuelto a dejar que otro dios más tolerante intentara hacer el milagro.

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