
Teodoro abrió los ojos y se quedó tendido en el catre. Había pasado la noche en duermevela, sin caer en el sueño reparador que necesitaba y como de costumbre, estaba más cansado que la noche anterior.
- ¿Tampoco anoche durmió, Teo? – pregunta Simón apenas entra y lo mira.
- Tampoco. Estoy maldito, Simón. Lo peor es que no logro recordar qué fue lo que no me dejó dormir anoche – y diciendo esto, se dejó caer nuevamente en el catre.
Cada mañana era lo mismo: Simón recomendando remedios, Teodoro maldiciendo... aquello se había convertido en un ritual cotidiano.
- ¿Qué es ese ruido? – dijo Teo, aguzando el oído.
- ¿Qué? ¿Qué cosa? – preguntó Simón.
- Ese ruido, espera... espera, que son como caballos – dijo sorprendido – sí, son caballos, Simón. Caballos galopando bajo la almohada. Claro, por eso no pude dormir – aseguró, ante la mirada atónita de su viejo amigo.
- A ver – contestó, acercando la oreja a la almohada para escuchar.
- ¿Oyes? taca taca taca taca ¿los oyes? son al menos cincuenta – aseguró Teo, que había calculado la cantidad de caballos dividiendo entre cuatro la cantidad de patas.
- Teodoro, no creo que sean tantos. En todo caso, ¿no será que la almohada está descompuesta? El otro día, yo escuché a Edith Piaf cantando La vie en rose y nada, resultó que la almohada se había roto – explicó el anciano.
Y Teodoro, presto como siempre a comprobar teorías, destripó con agilidad la almohada. De más está decir que no encontró ningún caballo y mucho menos a Edith Piaf.
- O podría ser que tengas algo en los oídos. Déjame revisarte.
- ¿Qué ves, Simón? – preguntó Teo, que tenía un genuino interés en conocerse por dentro.
- Algo hay – dijo, y comenzó a golpear la cabeza de Teo como si fuera un salero cuyo contenido se ha pegado.
Tras unos cuantos porrazos, cayeron sobre la mesita de noche cuatro cucarachas diminutas. Teo y Simón las miraron, incrédulos.
- Teo, estoy conmovido – dijo Simón, enjugándose unas lágrimas.
- Yo también, Simón – contestó el anciano, acercándole al amigo una caja de kleenex.
- Quiero que sepas que ha sido un honor asistirte en el parto. Eres padre de cuatro hermosas crías. Míralas. Tan pequeñas, tan desvalidas. Es una gran responsabilidad, sobre todo en estos tiempos – dijo Simón en tono solemne.
- Lo sé, hermano. No estaba en mis planes, pero me esforzaré. Los hijos lo merecen todo – respondió en el mismo tono el flamante padre, azorado por el compromiso recién adquirido.
Y ese día se les fue en preparar cuatro pequeñas camitas con cuatro pequeñas sabanitas y en cuidar a las crías que, deseosas de conocer el mundo, hacían su mejor esfuerzo por escapar de sus diminutas prisiones.
Aquella noche, el cansancio venció a Teo y sin darse cuenta, se quedó profundamente dormido. Al llegar la mañana, miró la mesita de noche, donde se encontraban las cuatro camitas. Pensó que aquello era imposible. El descanso le había aclarado la mente y ahora sabía con toda seguridad que aquellas cucarachas no podían ser sus hijas.
- Simón, psst, Simón... despierta – dijo, zangoloteando al amigo, que roncaba a sus anchas.
- ¿Qué? ¿Qué pasa? – preguntó el anciano, entre molesto y sorprendido.
- Que logré dormir, Simón. Dormí y eso me aclaró la mente y he llegado a la conclusión de que esas cucarachas no pueden ser mis hijas – dijo Teo.
- ¿Cómo estás tan seguro? – preguntó Simón.
Y con la expresión digna de cualquier cornudo que se sacude de encima el milagro recién colgado, dijo:
- No pueden ser mis hijas porque yo me hice la vasectomía cuando cumplí cuarenta.
- ¿Tampoco anoche durmió, Teo? – pregunta Simón apenas entra y lo mira.
- Tampoco. Estoy maldito, Simón. Lo peor es que no logro recordar qué fue lo que no me dejó dormir anoche – y diciendo esto, se dejó caer nuevamente en el catre.
Cada mañana era lo mismo: Simón recomendando remedios, Teodoro maldiciendo... aquello se había convertido en un ritual cotidiano.
- ¿Qué es ese ruido? – dijo Teo, aguzando el oído.
- ¿Qué? ¿Qué cosa? – preguntó Simón.
- Ese ruido, espera... espera, que son como caballos – dijo sorprendido – sí, son caballos, Simón. Caballos galopando bajo la almohada. Claro, por eso no pude dormir – aseguró, ante la mirada atónita de su viejo amigo.
- A ver – contestó, acercando la oreja a la almohada para escuchar.
- ¿Oyes? taca taca taca taca ¿los oyes? son al menos cincuenta – aseguró Teo, que había calculado la cantidad de caballos dividiendo entre cuatro la cantidad de patas.
- Teodoro, no creo que sean tantos. En todo caso, ¿no será que la almohada está descompuesta? El otro día, yo escuché a Edith Piaf cantando La vie en rose y nada, resultó que la almohada se había roto – explicó el anciano.
Y Teodoro, presto como siempre a comprobar teorías, destripó con agilidad la almohada. De más está decir que no encontró ningún caballo y mucho menos a Edith Piaf.
- O podría ser que tengas algo en los oídos. Déjame revisarte.
- ¿Qué ves, Simón? – preguntó Teo, que tenía un genuino interés en conocerse por dentro.
- Algo hay – dijo, y comenzó a golpear la cabeza de Teo como si fuera un salero cuyo contenido se ha pegado.
Tras unos cuantos porrazos, cayeron sobre la mesita de noche cuatro cucarachas diminutas. Teo y Simón las miraron, incrédulos.
- Teo, estoy conmovido – dijo Simón, enjugándose unas lágrimas.
- Yo también, Simón – contestó el anciano, acercándole al amigo una caja de kleenex.
- Quiero que sepas que ha sido un honor asistirte en el parto. Eres padre de cuatro hermosas crías. Míralas. Tan pequeñas, tan desvalidas. Es una gran responsabilidad, sobre todo en estos tiempos – dijo Simón en tono solemne.
- Lo sé, hermano. No estaba en mis planes, pero me esforzaré. Los hijos lo merecen todo – respondió en el mismo tono el flamante padre, azorado por el compromiso recién adquirido.
Y ese día se les fue en preparar cuatro pequeñas camitas con cuatro pequeñas sabanitas y en cuidar a las crías que, deseosas de conocer el mundo, hacían su mejor esfuerzo por escapar de sus diminutas prisiones.
Aquella noche, el cansancio venció a Teo y sin darse cuenta, se quedó profundamente dormido. Al llegar la mañana, miró la mesita de noche, donde se encontraban las cuatro camitas. Pensó que aquello era imposible. El descanso le había aclarado la mente y ahora sabía con toda seguridad que aquellas cucarachas no podían ser sus hijas.
- Simón, psst, Simón... despierta – dijo, zangoloteando al amigo, que roncaba a sus anchas.
- ¿Qué? ¿Qué pasa? – preguntó el anciano, entre molesto y sorprendido.
- Que logré dormir, Simón. Dormí y eso me aclaró la mente y he llegado a la conclusión de que esas cucarachas no pueden ser mis hijas – dijo Teo.
- ¿Cómo estás tan seguro? – preguntó Simón.
Y con la expresión digna de cualquier cornudo que se sacude de encima el milagro recién colgado, dijo:
- No pueden ser mis hijas porque yo me hice la vasectomía cuando cumplí cuarenta.

4 comentarios:
muy buen relato!!! la verdad es que hubiese deseado que mueran las cucarachas porq las odio (es el unico insecto q me incentiva o me provoca la sensacion o el impulso de exterminio)....... me gusto el comienzo porq plantea el suspenso al estilo de horacio quiroga sobre todo por "no sera que esta rota la almohada"jajaja a la mitad a mi me parece un poco fantastico, chocante en el sentido que me provoca como repulsion/terror el hecho de que salgan cucarachas y el final me parece comico je pero como digo hubiese preferido otro!
gracias por este buen cuento antes de irse a zzzzzzz saludos!
Me alegra que te guste. Aprecio mucho que vengas a leer y más aún, que te animes a dejarme un comentario. Ya pensaré en otro de cucarachas donde éstas acaben muertas. Saludos.
Hola, hola. Primero, gracias por la visita a mi bló. Segundo, ¡qué bonito cuento! Me parece que lleva un ritmo muy particular, al principio va como de costumbrismo, pausadito, y de pronto... ¡bolas! Viene el primer giro de tuerca, muy sorprendente e inesperado, pero no tanto como para como romper con la ficción. Luego va de nuevo al costumbrismo (cuando leí, hace tiempo, que a las cucas les gustan las orejas y narices humanas por ser húmedas y oscuras, me dio el horror total) y vamos de nuevo a la loquera... Muy bienj, muy bien. Muchas gracias!
Ja. Muy bueno. Me encantó lo de los caballos y todo lo de la almohada descompuesta. Me hubiera gustado que siguiera por ahí.
Mil gracias por tomarte el tiempo de leer mis balbuceos y sobre todo, por hacer los comentarios.
Saludos.
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YooOO opinoOOO...