viernes 27 de marzo de 2009

La creación II





Ensimismado, clavó la vista en la ráfaga luminosa que no dejaba de expandirse. Entre el montón de esferas que flotaban, una sola era la que le quitaba el sueño. Azulosa, ligeramente achatada, la Tierra giraba con la vitalidad de siempre, ajena a la tragedia que sobre ella se cernía. Las cordilleras herrumbrosas surcaban la superficie y un nubarrón plomizo se mezclaba con el aroma inconfundible de la muerte.
- ¿Qué voy a hacer contigo?- dijo él, sin esperar realmente que alguien le diera una respuesta.
Decidido, aspiró una bocanada de viento, reuniendo en su boca fórmulas y hechizos y los masticó para dar forma a un conjuro que en el fondo –como siempre- le mordería el corazón apenas pronunciarlo:
- ¡Deshágase la luz! – dijo, con esa voz añosa como de roble que se quiebra.
Y en un microsegundo, la luz se deshizo. Los pocos sobrevivientes que reptaban sobre el planeta resguardados en sus tanques de guerra, supieron que algo raro sucedía. En medio de la espesa nata de humo, las hebras finísimas de sol se desvanecieron.
En algún lugar donde el reloj marcaba las 6.45 a.m., se detuvo la producción de armamento en cuanto se supo que el sol se había apagado. No sin miedo, las personas salieron de sus escondites para ver aquel prodigio. En el país del sol naciente, sobre la cabeza del monte Fuji sólo se veía el sombrero negro de la noche.
En todas partes del mundo, las transmisiones radiofónicas cedieron los espacios noticiosos a pastores, rabinos y sacerdotes que, conminando al arrpentimiento, leían en vano salmos con voces temblorosas. Aquello era apenas el comienzo.
- Desháganse los mares- dijo luego la voz como de trueno y en menos de un segundo, dos acorazados bielorrusos y tres buques alemanes quedaron varados en el fondo del mar del Norte, en medio de un alud de moluscos y peces sin ojos que boqueaban semienterrados en la arena.
En medio de la oscuridad, lo que alguna vez fuera el sistema solar fue evaporándose. Lo que él había hecho en siete días, lo desbarató en sólo uno y pronto todo quedó reducido a una masa de gases informes y partículas disgregadas en un pozo de nada y silencio. Al ver que –una vez más- su ensayo de un universo perfecto acababa en desastre, echó un último vistazo a la nube de polvo fluorescente que dejaba tras de sí y se marchó, resuelto a dejar que otro dios más tolerante intentara hacer el milagro.

miércoles 4 de marzo de 2009

Los asegunes de la paternidad


Teodoro abrió los ojos y se quedó tendido en el catre. Había pasado la noche en duermevela, sin caer en el sueño reparador que necesitaba y como de costumbre, estaba más cansado que la noche anterior.
- ¿Tampoco anoche durmió, Teo? – pregunta Simón apenas entra y lo mira.
- Tampoco. Estoy maldito, Simón. Lo peor es que no logro recordar qué fue lo que no me dejó dormir anoche – y diciendo esto, se dejó caer nuevamente en el catre.
Cada mañana era lo mismo: Simón recomendando remedios, Teodoro maldiciendo... aquello se había convertido en un ritual cotidiano.
- ¿Qué es ese ruido? – dijo Teo, aguzando el oído.
- ¿Qué? ¿Qué cosa? – preguntó Simón.
- Ese ruido, espera... espera, que son como caballos – dijo sorprendido – sí, son caballos, Simón. Caballos galopando bajo la almohada. Claro, por eso no pude dormir – aseguró, ante la mirada atónita de su viejo amigo.
- A ver – contestó, acercando la oreja a la almohada para escuchar.
- ¿Oyes? taca taca taca taca ¿los oyes? son al menos cincuenta – aseguró Teo, que había calculado la cantidad de caballos dividiendo entre cuatro la cantidad de patas.
- Teodoro, no creo que sean tantos. En todo caso, ¿no será que la almohada está descompuesta? El otro día, yo escuché a Edith Piaf cantando La vie en rose y nada, resultó que la almohada se había roto – explicó el anciano.
Y Teodoro, presto como siempre a comprobar teorías, destripó con agilidad la almohada. De más está decir que no encontró ningún caballo y mucho menos a Edith Piaf.
- O podría ser que tengas algo en los oídos. Déjame revisarte.
- ¿Qué ves, Simón? – preguntó Teo, que tenía un genuino interés en conocerse por dentro.
- Algo hay – dijo, y comenzó a golpear la cabeza de Teo como si fuera un salero cuyo contenido se ha pegado.
Tras unos cuantos porrazos, cayeron sobre la mesita de noche cuatro cucarachas diminutas. Teo y Simón las miraron, incrédulos.
- Teo, estoy conmovido – dijo Simón, enjugándose unas lágrimas.
- Yo también, Simón – contestó el anciano, acercándole al amigo una caja de kleenex.
- Quiero que sepas que ha sido un honor asistirte en el parto. Eres padre de cuatro hermosas crías. Míralas. Tan pequeñas, tan desvalidas. Es una gran responsabilidad, sobre todo en estos tiempos – dijo Simón en tono solemne.
- Lo sé, hermano. No estaba en mis planes, pero me esforzaré. Los hijos lo merecen todo – respondió en el mismo tono el flamante padre, azorado por el compromiso recién adquirido.
Y ese día se les fue en preparar cuatro pequeñas camitas con cuatro pequeñas sabanitas y en cuidar a las crías que, deseosas de conocer el mundo, hacían su mejor esfuerzo por escapar de sus diminutas prisiones.
Aquella noche, el cansancio venció a Teo y sin darse cuenta, se quedó profundamente dormido. Al llegar la mañana, miró la mesita de noche, donde se encontraban las cuatro camitas. Pensó que aquello era imposible. El descanso le había aclarado la mente y ahora sabía con toda seguridad que aquellas cucarachas no podían ser sus hijas.
- Simón, psst, Simón... despierta – dijo, zangoloteando al amigo, que roncaba a sus anchas.
- ¿Qué? ¿Qué pasa? – preguntó el anciano, entre molesto y sorprendido.
- Que logré dormir, Simón. Dormí y eso me aclaró la mente y he llegado a la conclusión de que esas cucarachas no pueden ser mis hijas – dijo Teo.
- ¿Cómo estás tan seguro? – preguntó Simón.
Y con la expresión digna de cualquier cornudo que se sacude de encima el milagro recién colgado, dijo:
- No pueden ser mis hijas porque yo me hice la vasectomía cuando cumplí cuarenta.