jueves 8 de octubre de 2009

Despedida



Estaba decidida a dejarlo. No seguiría creyendo que algún día él dejaría a su mujer. Lo había prometido durante los últimos cinco años, una y otra vez, pero seguía casado. La mataba pensar que no era ella quien lo miraba dormir y que cuando él abría los ojos, su primera mirada era Isabel, que era su mujer quien le servía el café y la que ponía en su mano las tabletas que tomaba a diario para la sinusitis.

De tanto en tanto, cuando se decía que era momento de dejarlo y trataba de reunir valor, recordaba la mañana del único día en que habían amanecido juntos. Fue durante aquel congreso de Química al que ambos asistieron como conferenciante. Había despertado feliz y se había acurrucado sobre su pecho. Lo miró largamente, embelesada, acariciéndole con los dedos las canas de la barba despeinada y sintió de pronto el impulso de querer arreglarla.

–– De ningún modo, querida. Eso es algo que sólo hace Isabel. Si regreso a casa con la barba hecha, podría sospechar –– dijo, y para ella fue como si la hubiera abofeteado.

Sólo Isabel... sólo Isabel...” se repetía mientras lloraba en silencio, contando los intentos que había hecho por dejarlo inutilmente, pues apenas miraba sus enormes ojos azules, enormes y luminosos como dos planetas, su voluntad flaqueaba. Encontraba en el rostro de ese hombre la belleza de un dios griego, poderoso como un Zeus que la poseería hasta el final de los tiempos.

Esta vez estaba decidida. No pasaría otro fin de año sola, esperando su llamada. No volvería a beber un martini de consolación en algún bar oscuro, a escondidas, cuando la invitación era para ir al teatro. Su paciencia se había agotado.

Preparó la mesa, enfrió el vino y encendió la chimenea. Llegó pasadas las onche... tarde, como siempre.

Ella sirvió el vino sin hablar, sopesando lo que vendría.

–– Estás muy bella, cariño –– dijo, mirándola a través del cristal de su copa.

––Tú también––, respondió ella mientras se acercaba para acariciarlo- sobre todo hoy que te has recortado un poco la barba.

–– La barba, siempre la barba...

––Me gusta, ¿qué le voy a hacer? Mira––, dijo, mostrándole un pequeño frasco de afeite – esto es para tí, huele... ¿no es divino? - preguntó, coqueta.

–– ¿Para qué te has molestado? No, no logro percibir el aroma... ya sabes que esta sinusitis...

–– Supongo que dejarás que te lo ponga, ¿no? –– y comenzó a frotarle el rostro antes de que él pudiera responderle.

Él se dejó hacer, disfrutando el calor de sus manos, que recorrieron no sólo su mentón barbado sino la frente, la nariz, las mejillas y finalmente, el cuello. Cuando terminó de mimarlo volvió a llenar las copas. Brindaron. Como de costumbre, él sacó un cigarrillo y lo hizo bailar en sus labios mientras le contaba sus planes para la primavera, que comenzaría la siguiente semana.

–– ¿A la cabaña, dices? ¿Cuántos días?–– preguntó ella sin mucho interés.

–– Yo quisiera pasar al menos dos semanas, pero Isabel no soporta el aire de montaña... quizá sea sólo una–– respondió, aún con el cigarrillo en los labios.

No podía soportarlo más. Tenía que decírselo ahora, gritarle que lo dejaba, que se largara de su vida en ese momento. Evitó mirarlo y le acercó el encendedor que estaba sobre la mesa.

Cuando notó que se acercaba el encendedor a los labios, le dio la espalda. Del pequeño artefacto brotó una chispa perfecta, juguetona, que se encargó de encender los vapores recién volatilizados del limoneno recién frotado sobre la cara. Cuando se volvió para mirarlo, no encontró aquellos brillantes planetas azules, sino dos guijarros perdidos en el pequeño incendio alimentado por el azufre propio de la queratina de la barba, las cejas, las pestañas Fue un incendio tan corto que él todavía no daba el primer grito de dolor cuando ella se decidió a hablarle.

–– ¿Sabes, querido? No quiero verte más... pero como un capricho personal y como despedida, decidí que esta vez pasarías la primavera donde yo quisiera, así que olvídate de la cabaña... y dile a Isabel que lamento que tenga que pasar las vacaciones en un hospital.


martes 6 de octubre de 2009

Señor de los milagros


Todavía recuerdo la tarde en que me hizo el milagro. Lo traían en andas desde el templo y la gente se amontonaba para tocarlo.

Lo que es hoy, Cirila, yo me voy de rodillas detrás de la procesión ‘pa que el Señor nos haga el milagro – me dijo Gregorio.

– ¿Y si se entera el pastor de que adoramos imágenes? – le contesté.

– ¡Que me importa el pastor! Si nos llega un hijo, volvemos a ser católicos – replicó.

En eso escuchamos los tamborazos y salimos. Gregorio se arrodilló al paso del Cristo. Yo rogué en silencio, imaginando el momento de decirle a mi esposo que el milagro estaba hecho y que debíamos cumplir lo prometido. Tres semanas después, cuando nos vio entrar a la iglesia para dar gracias, el pastor se puso muy mal. Empezó a temblar y luego cayó preso de terribles convulsiones. Lo cargaron hasta la parroquia. Después de que el padre lo roció con abundante agua bendita, haciendo caso omiso al frío de la mañana, el pastor reaccionó.

Abrió los ojos y se me miró con odio. Cuando pensé que finalmente iba a decir algo, para suerte mía llegó su mujer, que lo sacó de inmediato del lugar. Salió del templo dejando un rastro acuoso, como un caracol que esparce un rastro de baba.

Cuando los perdí de vista me volvió el alma al cuerpo. Mis amigas se acercaron para felicitarnos no sólo por la criatura, sino por volver al rebaño. Fue un día muy feliz, excepto por la amenaza de que el pastor, deseoso de defender su doctrina, se atreviera a gritarle al puebloque la imagen no era milagrosa, que todo era un teatro. Pasé cinco días de angustia, hasta que la hermana Tere vino a casa y me contó la noticia. El pastor se había muerto. Al parecer estaba a punto de enfermar aquella mañana y el agua bendita había terminado de hacer el trabajo. Enfermó de neumonía y como se había rehusado a comer se había debilitado mucho. Al parecer estaba empeñado en ayunar para que Gregorio y yo volviéramos al buen camino.

Durante aquellos días me había repetido muchas veces que el pastor no diría nada, porque ¿cómo iba a decirle al pueblo que el milagro que llevaba yo en el vientre me lo había hecho él y no el Cristo? No es que yo le deseara la muerte, pero en esta vida nada es seguro. Me tranquilizaba más saber que pronto estaría tres metros bajo tierra. Desde ese día pienso que sí, que no me cabe duda de que Dios hace milagros.